La fuerza de intersección de la oración del profeta Elías

15 junio, 2011

Actualidad, Religión

En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa retomó sus catequesis sobre el tema de la oración, recordando hoy la figura del profeta Elías, “que Dios suscitó para llevar al pueblo a la conversión”.

El Santo Padre explicó que “en el Monte Carmelo se muestra todo el poder de intercesión del profeta cuando, ante todo Israel, ora al Señor para que se manifieste y convierta los corazones del pueblo. Es el episodio narrado en el capítulo 18 del Primer Libro de los Reyes”.

“Cuando el Profeta Elías se enfrenta con los secuaces de Baal en el monte Carmelo -que en realidad es un enfrentamiento entre el Señor de Israel, Dios de salvación y de vida, y el ídolo mudo y sin conciencia que nada puede hacer-, inicia también la confrontación entre dos modos completamente diversos de dirigirse a Dios y de rezar”. Los profetas de Baal y sus ofrendas “revelan el engaño del ídolo, (…) que encierra a la persona en la búsqueda exclusiva de sí misma”.

Elías, en cambio, continuó el Papa, “invita al pueblo a unirse en su acción y en su súplica, (…) haciéndole partícipe y protagonista de su oración y de cuanto está acaeciendo. Después, el profeta erige un altar, usando “doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob”, (…) que representan a todo Israel. (…) Elías se dirige al Señor llamándolo Dios de nuestros padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de la elección y de la alianza que ha unido indisolublemente al Señor con su pueblo”.

El profeta pide que “el pueblo sepa finalmente, conozca plenamente quien es realmente su Dios, y tome la decisión de seguir solo a El. Porque solo así Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de poner a otros dioses a su lado, que lo negarían como absoluto, relativizándolo”.

Benedicto XVI subrayó que “al absoluto de Dios, el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su corazón. (…) Elías, con su intercesión, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a la propia realidad de Señor de la vida que perdona, convierte, transforma”.

“El Señor responde de manera inequívoca, no sólo quemando el holocausto, sino también secando toda el agua que se había derramado en torno al altar. Israel ya no puede dudar; la misericordia divina se manifiesta frente a su debilidad, sus dudas, su falta de fe. Ahora, Baal, el ídolo vano, ha sido derrotado, y el pueblo, que parecía perdido, ha encontrado el camino de la verdad y se ha reencontrado a sí mismo”.

El Santo Padre concluyó preguntándose qué nos dice hoy esta historia. “En primer lugar -dijo-, está la cuestión de la prioridad del primer mandamiento de la Ley de Dios: Adorar solo a Dios. Donde desaparece Dios, el hombre cae en la esclavitud, en las idolatrías, como han demostrado en nuestro tiempo los regímenes totalitarios y como muestran también diversas formas de nihilismo que hacen al hombre dependiente de ídolos e idolatrías; lo esclavizan”. En segundo lugar, continuó, “el objetivo primario de la oración es la conversión, el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos capacita para ver a Dios y vivir según El y para los demás”. En tercer lugar, “los padres de la Iglesia nos dicen que esta historia es una sombra del futuro, del futuro Cristo. Es un paso en el camino hacia Cristo”.

AG/ VIS 20110615 (600

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